martes, 29 de mayo de 2012

Todo es tan igual... Todo es tan normal, tan frío.

Extrañar a alguien tan cercano es aún más doloroso que extrañar a alguien que tienes lejos, físicamente. El aislamiento de tu mente y la suya es, repentinamente, instantáneo. Es hablar con la pared, hablar con el vacío, hablar con los recuerdos. Lo más triste de todo es que quizás tu eres la única que te das cuenta de la distancia que hay entre ambos. Quizás y sólo es tu percepción de la situación. Quizás para la otra persona su relación está perfecta y sin complicaciones. Quizás para la otra persona todo está relajado y comprensible, directo.

Suele pasar que todo comienza a tornar igual, sin chiste, sin gracia, frío. Nada cambia, ese es el hecho. Todos los días comes tu sandwich, te vistes, te cepillas, tomas tus llaves y sales al trabajo. Tu jefe te grita y lo único que puedes hacer es asentir para no perder tu puesto. Llega el almuerzo, esperas una muy rica comida, pero ¿qué encuentras? Una muy rica pasta recalentada con salsa de lata. Resignada y cansada vas a tu casa esperando un poco de descanso, pero resulta que se te pasaron unos documentos o trámites del trabajo. Terminas acostándote a las 2am y duermes tus 4 horas diarias para poder funcionar, si quiera un poco, para tu próximo día rutinario.

Cuando ya todo se nos hace aburrido, lo único que podemos hacer es cambiar. Si quiera el horario de cuando nos vestimos o nos cepillamos. Pequeños detalles traen consigo grandes cambios. Simplemente tenemos que determinarnos a sonreír al jefe en vez de asentir cuando nos grita, de cocinar una buena ensalada en vez de comer comida recalentada, en tratar de acostarnos más temprano para rendir un 100% al próximo día. Cosas así, que quizás nadie más que tu misma te das cuenta, pueden darle un gira a tu vida rutinaria y quien sabe... Quizás y llegamos a cambiarle el día a alguien con sólo pelar un poquito la sonrisa.

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